domingo, 5 de noviembre de 2017

CASCADAS DE PUENTE RA


Hay ocasiones en las que el grupo se viste de gala, y no tanto por el brillante azul identitario que luce la indumentaria del colectivo, cuanto por otros factores que ofrecen algo especial a nuestras rutas, bien sea por el concurrido número de participantes en la actividad, el interés que presenta el paraje a recorrer, la acreditada fama que tiene el lugar, o por todos los motivos anteriores.

Nuestra salida a las CASCADAS de PUENTE RA encaja en el último de los supuestos: gran concurrencia de participantes en esta excursión (omito enumerarlos porque sería más fácil nominar a los que faltaron a la cita), innegable interés paisajístico, precedido de una sencilla pero eficaz propaganda que del lugar hizo nuestro solícito presidente la semana precedente para incentivar la participación en esta ruta. Y las expectativas no defraudaron. A nuestra hora más habitual de concentración, las 8,00 de la mañana, y en el emplazamiento de costumbre, las inmediaciones de la cafetería “El Lago”, nos dimos cita hasta 22 entusiastas caminantes para dirigirnos hasta la explanada de la ermita de la Virgen de Lomos de Orio. Nos adentramos en  tierras riojanas, pero con innegables reminiscencias sorianas, tanto por la proximidad con nuestros vecinos riojanos, como por la concurrencia de   sorianos a la romería que anualmente se celebra a este santuario el primer domingo de Julio.

El plan  es iniciar la ruta desde la explanada del aparcamiento al pie de la ermita, para descender hasta el arroyo de Puente Ra y remontar su curso  por la margen derecha.

Durante el viaje hacia nuestro punto de partida y una vez que hemos abandonado la N-111, tomando la dirección hacia Villoslada de Cameros, empezamos a admirar la frondosidad y variedad de especies arbóreas que flanquean la estrecha carretera. Tengo la suerte de viajar con Alberto, quien, por su conocimiento del medio ambiente al que ha dedicado sus años de vida profesional y la pasión con la que habla de lo que él tan bien conoce, el trayecto resulta una agradable lección didáctica sobre algo tan natural y frecuente a nuestra vista, como son las distintas clases de árboles  que vamos admirando y las características diferenciadoras de unos y otros. El viaje, en estas condiciones, se convierte en una amena tertulia enriquecedora para quienes no andamos muy sobrados en conocimientos de botánica.

Llegados a nuestro punto de partida, y tras estacionar los coches en el aparcamiento citado, ojeamos someramente los  exteriores de la ermita y construcciones aledañas, y aplazamos su visita para el final del recorrido.

El inicio del camino es un cómodo y pronunciado descenso hasta alcanzar el cauce del riachuelo, pero a nadie se nos escapa que el regreso será una empinada subida de finalización de  ruta, inexcusable para los que han traído el coche, aunque Ángel, nuestro experimentado sherpa, ha previsto una ruta alternativa más cómoda para quienes no estén obligados  de ponerse al volante y de esa manera puedan continuar por la margen izquierda del río, hasta un punto de recogida por nuestros/as abnegados/as conductores/as.

Y ya puestos en ruta, me gustaría diferenciar, aunque solo sea a efectos meramente descriptivos, tres planos o aspectos distintivos de la belleza natural que se nos presenta a lo largo del camino. Por una parte, la variedad de árboles y arbustos que se ofrecen a nuestra mirada. Por otra, la riqueza cromática que emana de esta diversidad arbórea, y en tercer lugar, la siempre refrescante imagen del agua, saltando entre peñas, dibujando armoniosas cascadas o formando oquedades naturales, como si quisiera darnos cobijo y acogernos en esas cuevas horadadas a lo largo del tiempo inmemorial que ha cincelado su curso.

Empezando por el primer plano, la naturaleza no deja de sorprendernos por la abigarrada gama de especies arbóreas que custodian, vigilan y dan sombra a esta pequeña, pero a la vez intensa corriente de agua que forma el cauce del  arroyo: pinos silvestres, hayas, fresnos, robles, tejos, acebos, abedules….compiten por hacerse un hueco en el camino que contempla el sereno discurrir de un río, mientras  le dan color, sombra, vida, armonía y equilibrio, que solo la naturaleza sabe ofrecer  sin intervención humana.  Un sabio diseño (o diseñador)  de espacios naturales ha hecho de este paraje un mágico puzle, donde cada pieza natural encaja y se hermana perfectamente con su parte del conjunto más cercano, hasta formar una completa estampa que transmite la belleza singular de este hermoso enclave. Factores como el suelo, la humedad, el clima, el sol….se unen en extraña complicidad para conformar una sinfonía vegetal, con la sensación de hallarnos ante un bosque encantado.

Esta armonía paisajística estaría incompleta sin la gama cromática que el ropaje de los árboles proporciona a la estampa otoñal que admiramos. Arbustos de hoja perenne, como el acebo, el pino silvestre o el tejo, nos ofrecen el verde dominante, con los matices e intensidades que exhiben estos ejemplares, mientras los tonos ocres, amarillos o anaranjados nos muestran la  presencia de hayas, abedules, fresnos y algún roble, que van desprendiéndose de su ropaje por efecto de su ciclo estacional, a la vez que alfombran el suelo con la hojarasca que cubría sus ramas.

Y por último, pero no menos espectacular, es la cadencia del agua al saltar entre las rocas que forman este pequeño, pero  espectacular, valle fluvial. Las cascadas de este corriente, encajonadas en los peldaños rocosos que va formando el río, completan la partitura que pone la música de fondo al susurro del viento que barre las hojas caídas o mece delicadamente las ramas del tupido bosque que le vigila desde el otro lado de su territorio. Salta y fluye, en unos tramos, se despeña y raudo se remansa sobre el suelo que frena su caída, en otros. Caprichoso y coqueto, forma cuevas en las inmediaciones de la masa pétrea que le escolta en su recorrido, como si quisiera perpetuar su presencia y convertirlas en mirador inmaterial de su bravía carrera por el bosque encantado, antes de entregar el caudal a su hermano mayor, el Iregua.

Hemos completado el recorrido suficiente para admirar el entorno que este valle nos ofrece. Captar la variedad de olores, colores, susurros… que entran por nuestros sentidos, se antoja un ejercicio que podría extenderse sin límite en el tiempo, pero no solamente de sensaciones visuales, auditivas, olfativas vive el hombre. Existen otras que reponen el esfuerzo del camino y apaciguan las urgencias de nuestro sistema digestivo. Tras atravesar un rudimentario puente que cruza un humedal del arroyo, descargamos nuestras mochilas para disfrutar de las viandas individuales y compartidas, regadas con el tinto que facilita el tránsito intestinal. Aprovechamos la ocasión también para cantarle a José Antonio el happy birthday tou you el día de su onomástica y desearle que cumpla muchos más.

Regresamos por el mismo camino que hemos traído pero, como he apuntado antes, parte del grupo evita la empinada cuesta que conduce de nuevo hasta la explanada de la ermita y se dirige por la margen izquierda del arroyo hasta un merendero con refugio  (punto de encuentro de los cazadores de la zona, por lo que pudimos ver), que se encuentra al pie de la carretera en nuestro camino de regreso a Soria. Obviamente, este grupito no tiene ocasión de visitar el santuario  (algunos ya lo conocían), por lo que la última hora de nuestra ruta la dedicamos a conocer la afamada y venerada ermita de la Virgen bajo la advocación de Lomos de Orio.

Emplazada en un idílico paisaje en el corazón de la Sierra Cebollera, el templo es un bello ejemplo de la arquitectura del siglo XVIII, a la que se accede por una amplia escalinata formada por filas de piedra de mampostería fijadas sobre el suelo, pero sin trabazón entre los distintos peldaños que genera la subida, lo que facilita el crecimiento de la hierba  entre los planos que conforman la sucesión de dichos peldaños. El interior nos presenta una bóveda de cañón perfectamente perfilada y cúpula y pilastras con profusa decoración de yeserías. Muy vinculada a la trashumancia, el centro del retablo está presidido por una talla de la Virgen de Lomos de Orio  del siglo XIII, similar a la Virgen de Valvanera, también de ascendencia riojana, con la que comparte el mito de su aparición en el hueco de un roble.

      Durante el año se celebran dos romerías, pero la más concurrida es la que tiene lugar el primer domingo de Julio, (llamada de “Caridad Grande” o las “Corderas”), con nutrida afluencia no solamente de los lugareños riojanos, sino también con gentes provenientes de Soria y de Burgos. Tiene su origen en una leyenda del siglo XVI, que habla de la protección de la Virgen a un grupo de pastores que venía con su ganado de Extremadura y los libró del robo  a que estuvieron expuestos por parte de las tropas comuneras, merced a un voto que hicieron a la Virgen si los libraba del inminente latrocinio. Al final de la misa, se reparte entre los asistentes pan y carne de cordero, como parte del memorial que enraizaba a los pastores con esta tierra. Cerca del lugar del  reparto de viandas existe una fuente donada por chilenos, que se conoce por este nombre, y que también sirve de abrevadero para los animales. Sobre la fachada de la ermita se puede apreciar una pequeña escultura con la figura de un lagarto, y a la entrada del templo tenemos un lagarto tallado, partido por la mitad en forma de dos cuernos de vaca. Se remonta a  otra leyenda del siglo XIX, que habla de un pastor que cuidó de  un lagarto siendo una cría. Cuando creció y adquirió proporciones desmesuradas intentó atacar a su benefactor. Este se refugió en la ermita y cuando el lagarto lo acechó hasta la puerta, ésta, por mediación de la Virgen, se cerró, seccionando al lagarto por la mitad. Otra de las simpáticas y amenas leyendas que se han formado en torno a este enclave mariano.

De regreso a Soria, los comentarios del viaje no pueden ser otros que las impresiones que nos llevamos de este nuevo y atractivo recorrido por dominios riojanos, pero con indudable regusto de ambientes sorianos, por nuestra proximidad, nuestra afinidad y nuestra co-propiedad, si así lo podemos llamar, del paisaje, la belleza natural y el encanto de estas tierras a caballo entre La Rioja y Soria.

 Soria, 28 de octubre de 2017

                                                                             Agnelo Yubero            

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