viernes, 27 de octubre de 2017

CRISTO DE LOS OLMEDILLOS

21 de octubre. Sábado. Hoy tenemos una cálida mañana nublada y nuestra ruta discurre desde el aparcamiento de los Arcos de San Juan de Duero hasta la Ermita del Sto. Cristo de los Olmedillos. Hacemos la ruta Luis, Alberto, Agnelo, Reme, Rosi, Almudena, Gema, Feli con su Zar, Pilar y Emi.
Comenzamos el ascenso por el célebre Monte de las Ánimas soriano y al inicio de su ladera nos detuvimos a ver un antiguo nevero restaurado y bien señalizado, que es de origen medieval y de procedencia probablemente árabe .Como su nombre indica su finalidad era guardar nieve durante todo el año, capas de paja servían de aislante y en el buen tiempo era sellado y así se disponía de hielo todo el año.

En el ascenso volviendo la vista hacia atrás vamos viendo nuestra ciudad rodeada de dorados tonos otoñales. Desde la cumbre nos encauzamos por un camino recto y bien marcado por el que enfilan las torres de la luz; abstraídos en las diferentes conversaciones nos salimos de la ruta, por lo que seguimos por este mismo camino hasta poder volver hacia nuestra izquierda ya con Valcorba y Cadosa frente a nosotros.

Las encinas comienzan a ceñir nuestra senda y enseguida nos situamos en el punto correcto pasando por debajo de la carretera que conduce a Zaragoza. Este paso está lleno de barro y con agua pero tenemos piedras seguras para superarlo.
Las encinas se comienzan a mezclar con los robles hasta que llegamos a un paisaje en el que predomina éstos sobre aquéllas, caminamos sobre un mullido suelo entre un arbolado ya muy amarillento y…estamos perdidos otra vez, porque hoy nos orienta wikiloko.

Todos estábamos muy tranquilos porque a pesar de que falle la tecnología, en estos parajes no teníamos pérdida, pero nuestros compañeros Luis y Gema estaban desconcertados por los saltos que daba wikiloko.
Entre robles alguna tierra labrada, a lo lejos encinares y un cielo gris que nos amenazaba por el noreste.
Se decidió atravesar por un robledal en búsqueda de nuestro camino y pronto llegamos a la vieja y olvidada vía del tren. Al pie de los raíles encontramos un antiguo poste de telégrafos con sus aisladores de cristal todavía insertados, los recogimos y nos los repartimos entre todos como recuerdo.
Anduvimos un rato pisando las viejas traviesas de la vía hasta que un gran mastín nos comenzó a saludar con sus ladridos. La atención de este gran perro se centró en Zar y en su ruidosa compañía llegamos a una finca particular en la que conocimos a Vicente, su guardián, y tras pedirle permiso no solo nos dejó acceder a la ermita, sino que nos abrió su puerta.
Nos encontramos en el Campillo de Buitrago, en plena comarca de Frentes.


 Puedo afirmar que el pequeño templo nos entusiasmó a todos:
Es una ermita del siglo XVIII que pertenece a Velilla de la Sierra. Aquí se celebran romerías en las que participan vecinos de Renieblas y Ventosilla de la Sierra también.
 Su planta parece rectangular con dos pequeñas capillas como anexos a ambos lados de la planta. Una torre con espadaña y con dos campanas.
Entramos a través de un arco de medio punto en su lateral. Al entrar una antesala con suelo antiguo de cantos da lugar al templo a través de una reja. En el ábside el altar mayor con la imagen del Cristo crucificado y dos altares menores uno a cada lado de la estancia.

Nuestras miradas se dirigen en un principio a esta imagen que domina el lugar. No sabemos a que época pertenece, pero observamos que esta representación de Cristo tiene ya bastante realismo, su anatomía está algo marcada y sus ojos cerrados, los brazos descendidos y sus piernas flexionadas, quizá pertenezca a un gótico temprano.

 Una bóveda con motivos vegetales en vistosos colores y otras pinturas muy bien conservadas sobre fondo blanco dan alegría al interior y en los laterales, colgados entre las falsas columnas lo que parecen ser exvotos (ofrendas hechas por un bien recibido) representados por distintas partes anatómicas de muñecos: brazos, piernas y cabezas penden desde hace muchos años.
Tomamos el almuerzo al abrigo de los muros de la pequeña iglesia y lo finalizamos con un delicioso chupito (o dos porque eran pequeños) de pacharán casero que Agnelo llevaba en su petaca. Nos vino bien porque el ambiente había refrescado y después de la parada nos habíamos quedado helados.
La finca se veía muy bien cuidada, había patos, ocas, pavos reales y en el centro un antiguo pozo y los restos de un viejo horno y no podía faltar leña de roble bien cortada, apilada y preparada para el invierno venidero.
Emprendemos la vuelta tomando un camino hacia la izquierda de la finca entre tierras aradas, pero con robles al pie del camino. Con la 122 de frente nuevamente, giramos a la derecha y aquí Alberto llama nuestra atención porque tenemos a la vista quejigos que en esta época se distinguen mejor por su hoja caduca (para que nos quede claro a todos ya definitivamente)
 Wikiloko sigue dando tumbos, pero parece que por aquí el camino puede estar difuminado entre malezas y campos de cultivo por lo que avanzamos por el límite de éstos y al caminar miles de diminutas mariposas salían entre los restos de la siega.
De vez en cuando Zar salía disparado hacia algún lugar y al seguirlo con nuestras miradas veíamos corzos atravesando la campiña.
De nuevo llegamos a territorio de encinas y aunque las dudas sobre el camino correcto continuaban, enseguida nos dimos cuenta de que ya estábamos volviendo sobre nuestros pasos. Nuestro caminar en este momento iba acompañado de la suave y bien entonada voz de nuestra querida Rosi.
 Como colofón a nuestra ruta aún atravesamos un bosque espeso de encinas, chaparras pero muy frondosas y llenas de líquenes por la oscuridad y la humedad que genera la espesura.

De nuevo en el Monte de las Animas, no se nos escapa el detalle de la guarrería humana Rosi propone bajar por un lado diferente al que hemos subido y según vamos descendiendo por aquí, si abrimos mucho los brazos podemos dar un gran achuchón a nuestra querida ciudad.
Una buena ruta debe acabar con una cerveza fresca y un rato de descanso y si además ésto lo hacemos junto a los Arcos de S. Juan de Duero y bajo el Monte de la Ánimas.
¿Qué más se puede pedir?
¿Quizá recordar un fragmento de la leyenda Becqueriana?

 “Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en sus jirones de sus sudarios corren como en una cacería fantástica por entre la breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos  el Monte de las Ánimas…..”

Deseando compartir nuestra siguiente ruta, Soria paso a paso.


EMI

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