jueves, 7 de junio de 2018

PASEO POR LOS ABUELOS DEL BOSQUE



                                   (COVALEDA, 2 de Junio 2018)

 
             El título de esta crónica podría parecer que contiene una incorrección gramatical. Hubiera sido más propio cambiar la preposición del encabezamiento y decir que hemos paseado CON los abuelos del bosque, si no fuera porque tales “abuelos” permanecen quietos, inmóviles, impasibles ante nuestra presencia, pero llenos de energía  estos habitantes naturales del  espectacular y frondoso bosque covaledense, donde admiramos con emocionada sorpresa la longevidad que rezuman  no pocos ejemplares de la masa arbórea que coloniza este territorio, testimonio fehaciente de una naturaleza sabia, que ha  dejado destellos de belleza biológica y orgánica en estos supervivientes de mil batallas contra todo tipo de adversidades ambientales y climatológicas, y que la tradición popular ha personificado  con el familiar término  que nos habla de su edad.
 

            A las 7,00 h. partimos hacia Covaleda diez compañer@s del grupo. El día presenta  un aspecto luminoso y soleado, no obstante las previsiones meteorológicas que vaticinan la posibilidad de algún chubasco o tormenta durante la mañana. Afortunadamente, las previsiones no se cumplieron  y gozamos de una espléndida jornada entre el relajante olor a pino y el murmullo  del agua que  producen los caudalosos arroyos que riegan las entrañas de este bosque, por momentos, encantado.


           
Al filo de las 8,00 h. hemos llegado hasta las inmediaciones de Bocalprado, donde dejamos los coches para iniciar desde aquí la ruta. Una prolongada, aunque no excesivamente pronunciada, subida por una cómoda pista forestal nos pone en el paraje de Tejeros, tras una primera etapa de algo más de 3 Km. Desde aquí nos dirigimos hacia el primer objetivo de nuestra visita: conocer el “Pino Rey”, que sería como darle el atributo de “abuelo mayor” del  bosque. Desde el collado de Tejeros apenas cuatrocientos  metros nos separan de nuestro centenario pino silvestre de regio calificativo, que muestra pujante sus extraordinarias medidas: 6,12 m. de perímetro basal; 17,5 m de altura; 13,0 m.de anchura de copa. Un peso calculado sobre 18.000 Kg. Y una edad estimada    entre 450-500 años. No es el único que llama la atención, pero sí tal vez el espécimen que mejor representa esta particular “sociedad gerontológica” arbórea, que ha echado raíces (nunca mejor dicho) en las estribaciones del Urbión. Junto a él, y adentrados en esta parte nororiental del pinar de Covaleda, vamos descubriendo otros  “pinos zamplones” como también se les conoce (no busquen en el diccionario el término “zamplón”; no existe) que rivalizan con el “rey” del monte. Son pinos silvestres grandes, hermosos a nuestros ojos por las formas retorcidas y singulares que poseen, pero probablemente faltos de valor para la calidad y aprovechamiento de su madera. En esta parte del monte, más expuesta a los  elevados fríos del invierno y con  menos profundidad de suelo, los árboles desarrollan menos altura y su porte es menos esbelto y alargado. Abundan los ejemplares achaparrados, más gruesos, ramosos y con copas más abiertas. La mayor lejanía del pueblo y su menor calidad maderera, como se ha apuntado, hizo que se dejara de lado su aprovechamiento, lo que unido al sistema de tala controlada y suficiente para satisfacer las necesidades económicas del municipio, ha permitido que se conserve hasta nuestros días este  espectacular, raro,  visitado y admirado  pino albar.


            En nuestro camino por este paseo entre los “abuelos”, encontramos unas curiosas y rudimentarias plataformas aéreas sobre los pinos, a las que se accede, no sin ejercer cierta pericia, a través de una rústica escalera de madera apoyada sobre el tronco del mismo. Se trata de puestos de vigilancia y observación al paso de las palomas en época de caza, que, a juzgar por su aspecto, hace tiempo que no se utilizan.

            Abandonamos esta parte del pinar, mientras vamos admirando ejemplares de  “zamplones” que se presentan a nuestro paso, a cuál más curioso en formas de crecimiento, ramaje, magnitudes y tamaños….lo que nuestro  imaginativo serpa aprovecha para dejar impresa en su cámara alguna imagen surrealista de difícil ejecución material: nada menos que sentar en una elevada rama de un pino a nuestras chicas; todo una muestra de ingenio y humor fotográfico.

            Hemos salido de la frondosidad del collado de Tejeros y de nuevo retomamos una cómoda pista forestal para enfilar hacia el “Muchachón”, pero antes, y de camino hacia el mismo, tomamos la desviación que conduce al refugio de “Tres Fuentes”. Un hermoso y pequeño refugio de montaña, primorosamente conservado y mejor cuidado, desde el que se nos ofrecen unas  espectaculares vistas de los perfiles del pantano de la Cuerda del Pozo. La mañana es clara y diáfana, lo que facilita que los horizontes que se contemplan desde esta privilegiada plataforma  (estamos a 1.900 metros de altitud), nos trasladen con la vista hacia otras cumbres que se dibujan en la lejanía, donde parece existir un punto de sutura entre el tejido celeste y la cresta montañosa que lo une con aquel. Muy cerca del refugio se ha sustituido la anterior torre de vigilancia contra incendios por otra más moderna, que además incorpora elementos de transmisión de datos a las empresas de telecomunicaciones.

           
Dejamos el refugio y el agradable regusto de las vistas contempladas para dirigirnos hacia otro no menos emblemático paraje de estas latitudes: el Muchachón.  Como nativo de estas tierras, me preguntan mis compañeros con frecuencia  el origen o motivo del nombre de estos  parajes. Difícil respuesta. Los hemos conocido desde siempre bajo esta denominación, pero ignoro de dónde derivan estas expresiones, tan familiares a nuestro oído  que no entra en nuestra prioridad  preguntarnos el por qué de su identidad nominal.


          
  Continuamos pista adelante (la misma que  conduce hasta la falda del Urbión) y en pocos minutos hemos llegado a la explanada del Muchachón, desde donde  descendemos por una suave y corta pendiente hasta el refugio del mismo nombre. Como todo refugio de montaña, presenta una sólida y robusta construcción en piedra de sillería, resistente a las inclemencias meteorológicas que por estas cumbres son tan habituales.  El interior es de una única pieza, a diferencia de otros refugios que disponen de  dos estancias, la pieza de la entrada, donde se ubica la cocina francesa  y una habitación separada. Esta sencilla forma de distribución cumplía la doble función de proporcionar  techo y cobijo al vigilante que atendía la torre de control contra incendios, así como a   transeúntes ocasionales y, a la vez, guardar los equipos y útiles para el uso y mantenimiento de las citadas torres de control que se levantaban junto a los refugios. Este del Muchachón también tuvo en su momento dos piezas diferenciadas, mientras existió una de las citadas instalaciones anti-incendios junto al mismo. Una vez desaparecida esta, se eliminó el tabique de separación, dando como resultado una amplia y cómoda estancia, con su irrenunciable cocina francesa, dotada de una larga mesa y bancos adosados para hacer más confortable la permanencia de sus transitorios ocupantes. Observo caras de sorpresa al entrar en el mismo por las comodidades que nos brinda para nuestra necesaria parada gastronómica, pero sobre todo por lo cuidado y limpio que se presenta al visitante. Como todos nuestros recesos gastronómicos de ruta no falta el buen humor, las impresiones que nos deja este paseo, primero “con” los abuelos del bosque y después entre los esbeltos y elegantes pinos de esta afortunada tierra del Urbión. Tampoco faltan la tortilla, la bota, los arándanos rellenos de chocolate, los frutos secos variados y hasta el café humeante, gentileza en este caso de José María y Alicia. Unas vacas que pacen por allí no son ajenas a nuestra presencia y se han acercado hasta la misma puerta del refugio, en actitud curiosa por conocer a esos extraños okupas de sus pastos y dominios.

            Cuarenta y cinco minutos nos separan de nuestra próxima parada: el refugio del “Becedo”. Ahora caminamos en pronunciado descenso, casi siempre bajo la sombra protectora de nuestros esbeltos y silenciosos ocupantes de este reducto montañoso, privilegio envidiable que la naturaleza ha otorgado a estas tierras. La pendiente discurre a veces por la torrentera natural que ha dejado el agua en su caída, lo que obliga a afianzar nuestra pisada para evitar cualquier incidente. En la bajada, conocemos una fuente canalizada, a la que se ha dotado de una minúscula pileta de retención de agua, y que da origen al arroyo de la “Ojeda”, que ya tuvimos ocasión de admirar no hace muchas semanas en su expresión más bravía en la cascada del mismo nombre.

            Los últimos metros de esta penúltima etapa son llanos y no faltan espontáneas muestras de belleza natural, en forma de rocas que parecen talladas simétricamente con cortes longitudinales y verticales, emulando la distribución de espacios para un motivo pictórico.

            Y ya tenemos a la vista el refugio del “Becedo”. Llama la atención por la singularidad de su diseño: dispone de un pórtico de entrada, al que se accede no por una puerta, como es lo habitual, sino a través de unos barrotes que obligan a colocar el cuerpo de perfil para traspasar a su interior, lo que dificulta enormemente el paso de quienes hagan gala de un organismo caracterizado por su redondez. Sobra la explicación del motivo de esta singular intencionalidad: por aquí es frecuente el ganado suelto y no se ha pensado que ocupen este envidiable surtidor de sombra los astados que pastan por estos pagos. Una vez dentro del porche, y tras franquear la puerta de entrada al interior de la dependencia,  impresiona la limpieza y exquisita conservación que presenta. Es de una pieza, sin mobiliario que lo complemente, pero resulta acogedor y confortable por su amplio espacio y la sensación de encontrarte en un lugar cuidado, a la vez que compartido.

            Fotos de rigor, bromas sobre la corpulencia o delgadez para atravesar los barrotes con mayor o menor facilidad y desde aquí ponemos rumbo, última etapa, hacia nuestro punto de partida, para completar el circuito circular que marca el wikilock de nuestro serpa. Es algo más de un Km. lo que nos separa de Bocalprado, mientras por el camino, en este caso la pista forestal, nuestro benjamín del grupo, Miguel, no se resiste a fotografiarse junto a una fuente que hay en el margen izquierdo de la carretera, la “Fuente Los Vagos”.….Nada personal ni otras  intencionalidades asociativas con el nombre; simplemente un capricho juvenil.

            En el trecho que separa el Becedo de Bocalprado podemos apreciar el resultado del trabajo habitual que se realiza en los pinares: en esta zona se ha llevado a cabo recientemente una tala de pinos, que permanecen distribuidos a lo largo de la cuneta de la carretera, limpios ya de  ramaje, algunos conservan en su integridad el tronco aprovechable, otros han sido cuidadosamente cortados en estudiadas proporciones y todos preparados para su transporte a la serrería, donde se transformarán en útiles productos madereros. Es la ley de los montes: el aprovechamiento de sus recursos forestales mediante talas controladas, para hacer un sistema sostenible de  riqueza productiva.

Y puesto que hemos caminado entre pinos y rocas, admirando y disfrutando la belleza natural de estos parajes, quiero terminar   el relato reproduciendo el sentido soneto que  D. Víctor Algarabel Lallana, cura-párroco que fue de Covaleda por los años 60 y 70 y enamorado de estas tierras, dedicó al pino albar:

           

Mi pino albar, parábola extendida.

Raíces, tronco y copo en armonía.

Desnudo. Nada más. Tu lozanía

existencial pletórica escondida.

 

Abrazado a las rocas hasta el cielo

lanzarás tu esperanza en agonía,

cuando el recio huracán, la nieve fría

pretendan abatirte por el suelo.

 

No hay hombre sin ayer –raíz profunda-

en viva humanidad y sabia anclado;

sin tallo firme, de su hoy enamorado,

 

desnudo de barroca barahúnda,

viviendo su expansión –limpia madera-;

de la vida lanzado. ¡Dios le espera!

AGNELO YUBERO

 

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